La destitución de un turista
Por Adolfo Barberá
Cuando Moisés Rahmani supo que íbamos a pasar el fin de año en Rodas, me dijo : a vuestro regreso, envía un texto para 'Los Muestros'. He aquí algunas impresiones necesariamente esquemáticas de un viaje del que me ha quedado la siguiente imagen: un hombre silencioso que barre el patio de una sinagoga.
Nuestro plan, de hecho, era pasar el fin de año en Symi, una pequeña isla del levantisco y aguerrido Dodecaneso, pegada a Turquía, a dos horas en barco de Rodas, en donde los contendientes de la segunda guerra mundial firmaron un armisticio. A la vuelta de Symi, ya en 1999, pasamos unos días en Rodas.
Rodas, ciudad de joyeros, no puede pasar desapercibida para alguien nacido en Córdoba, lugar en donde se mueve el 60% del negocio en España. Aunque siente el viajero que esa actividad artesanal está bien arraigada en la isla, el negocio de los joyeros no deja de plantear, de manera abierta y bastante didáctica, el difícil equilibrio entre una cierta autenticidad del lugar y las inevitables concesiones a esa nueva forma de explotación propia del siglo XX que ha dado en llamarse 'turismo', y que comenzó el día en que el hombre (o la mujer) de los albores de este siglo que ahora termina dejó de llamarse 'viajero' al abrir una guía 'Bedeker'.
Quiero pensar que no podríamos haber elegido mejor momento para visitar la isla. Cuando la noche del 2 de enero atravesamos las murallas de Rodas a eso de las 8 de la tarde ya oscura, estábamos solos y no se veía ni un alma. No había turistas, pero tampoco rodanos. No había nadie. Y sin embargo ninguna inquietud se desprendía de aquellas murallas deshabitadas por las que sólo se asomaba una leve brisa. Me llamaron enseguida la atención los escudos de piedra, tan numerosos y expresivos, por su manera de abrirse como poemas incrustados en la fábrica de las murallas. Y no sólo porque allí donde ha habido templarios o - en el caso de Rodas - hospitalarios, siempre hay un halo de misterio y, tal vez de aventura, que todavía está tan de moda. En estos asuntos, uno tiene tendencia a seguir la inclinación del joven T.E. Lawrence, cuando en su tesis doctoral ("The influence of the crusades on European military architecture - to the end of the XIIth century") afirma preferir la arquitectura de los hospitalarios (establecidos como orden soberana en la isla hasta que Soliman el Magnífico iniciara en 1522 una presencia turca que concluyó en 1912, con la llegada de los italianos) a la de sus presuntamente heréticos rivales. Por cierto que me da la impresión de que la división por lenguas (lengua de Provenza, lengua de Aragón, lengua de Francia, etc.) practicada en Rodas por la orden de los hospitalarios, como forma de organización político-social y de administración de la ciudad-estado, constituye ciertamente un precedente histórico de una organización supranacional en la que cada lengua (identificada con la nación europea que la practica) tiene pleno derecho de ciudadanía.
A juzgar por lo que me habían dicho, la próspera comunidad sefardita de Rodas era numerosa en relación con el tamaño de la isla. Me sorprendió sin embargo no encontrar apenas vestigios de la misma. No fue fácil tampoco encontrar la sinagoga. La memoria de los terribles acontecimientos de la segunda guerra mundial tampoco parecía muy presente. Cierto es que la plaza situada en lo que debía ser el centro neurálgico de la judería se llama ahora 'Martyrion evraion'. Pero si uno no sabe griego es muy difícil que caiga en la cuenta de que ese nombre alude a tales acontecimientos. Tiene uno que entrar en el recinto de la sinagoga para poder contemplar una placa conmemorativa en la que están grabados los apellidos de las familias deportadas. Tuve el placer (y el honor) de compartir unos momentos con los últimos representantes de una comunidad que llegó a contar con 2.000 almas: Maurice Soriano, su esposa Victoria, y sus hijos. El señor Soriano, que me mandó muchos recuerdos para el gran rabino Leví y su familia, no entendía por qué un cordobés se había perdido por su casa el día 2 de enero de 1999. Recordé las palabras de Paco Molera cuando nos reunimos por vez primera con la comunidad sefardita de Bruselas: "La memoria de España es una habitación que se abre con varias llaves. Ustedes, los sefarditas, tienen una de esas llaves, especialmente entrañable para nosotros". Una llave, como escribiera Borges, "en cuyo bronce hay ayeres, lejanías/cansado brillo y sufrimiento quedo". Es un negocio extraño el de la memoria, tanto para los descendientes de los que dejaron Sefarad hace cinco siglos, que ven cómo la lengua judeo-española de Rodas ha sido reducida a una presencia simbólica, como para los españoles de hoy, que asistimos asombrados a una persistencia y a una fidelidad que no deja de interpelarnos.
Mauricio nos puso en contacto con Lucia para que ésta nos mostrase la sinagoga al día siguiente.
Lucia, que pudo regresar de Auschwitz, es una memoria vivísima y una palabra inagotable. No la abandona ni por un instante un sentido del humor que está más allá de la risa. Su piedad es rara, y su alma castellana sorprende. Lucia puntuaba su relato con frases entrecortadas, órdenes a medias e imprecaciones que lanzaba a un hombre de mediana edad y cuyo nombre he olvidado, que -decía ella- le ayudaba a limpiar y a ordenar el patio. Aunque Lucia no dio más explicaciones, creímos entender que aquel hombre, de origen centroeuropeo, emigrante en Estados Unidos, desde donde vino a establecerse a Rodas, estaba encerrado en un silencio que tal vez él no había elegido. Lucia le hablaba como a un niño, añadiendo en un aparte: 'me ayuda un poco'.
Escuchando a Lucia olvidé que llevaba una videocámara, y no sólo por el respeto que se debe a un lugar que no debe ser profanado por la imagen, sino porque la fuerza de su discurso hizo palidecer cualquier imagen futura.
Cuando salimos de la sinagoga, el hombre seguía barriendo, en silencio.
Lucia me había destituído de mi condición de turista.
Por cierto, ¿por qué el padre llevó a Rodas a una de las tres 'hermanicas' de la canción?
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